La magia del poder

21 de Abril del 2008

A nuestra democracia y su eterna transición, esa que todos reconocemos pero que nadie sabe hacia donde va, debemos dejada paz, aunque sea por un rato. Está funcionando y lo hace bien, al menos para dirimir controversias electorales temporales, aunque no necesariamente ciudadanas. Lo que ahora necesitamos es iniciar una reforma integral, de fondo y en definitiva, de nuestra cultura política. Nuestra forma de ver las cosas que tienen que ver con la competencia por el poder político y nuestra actitud hacia los rivales, los contendientes electorales que no siempre son leales y democráticos.

Necesitamos agregarle nuevos ingredientes al contenido editorial y a la formación cotidiana de opinión pública. Empezar a discutir temas torales para nuestro desarrollo como es la posibilidad de acabar con el micro partidismo, que tanto cuesta a la población, y pensar en un nuevo modelo de organización política en donde todos los ciudadanos realmente podamos intervenir en la toma de decisiones. No dejarle la tarea sólo a una privilegiada clase política.

Un nuevo modelo de ejercicio cívico con instrumentos jurídicos adecuados para regular la relación del Estado con las distintas formas de organización social. Asociaciones civiles, comunidades rurales, comités ciudadanos, colegios de profesionistas, sindicatos laborales y muchas más que entretejen el núcleo social donde vivimos.

Incluir a los académicos, intelectuales y artistas de nuestra ciudad que son relegados de las tareas de gobierno y se les involucra exclusivamente para dar barniz de algo cultural al ejercicio del poder. Los ancianos, sabios de la tribu, relegados al asilo donde se practica la ancestral costumbre de forzarlos hacia una dependencia inmoral de la dádiva limosnera de gobiernos paternalistas, eso sí, hoy pomposamente denominados “Entes Obligados”.

Una clase política que inclina la postura ante el majestuosismo del gobernador en turno y que sin la venia de él, no mueve un dedo a favor de los ciudadanos. Un gobernador que entiende que bajo su manto protector, los fieles serán siempre acogidos por la gracia de su majestad, el presupuesto y los disidentes que son enviados al cadalso, no para ser colgados, pero sí para se injuriados de forma inmisericorde. Para ello cuenta con el poder del dinero que compra voluntades literarias y noticiosas.

Los unos, electos por el impulso de la pasión electoral, la despensa y la oferta personal de tiempos mejores. Los otros, designados por el nombramiento benefactor de quien ostenta el bastón y penacho democrático. Necesitamos cambiar nuestra cultura, para entender de una buena vez por todas que la función pública, el servicio gubernamental y el burocratismo son algo más que métodos para subsistir y para satisfacer insanas obsesiones de poder, de ese mágico poder que embriaga.

No sirve de mucho adentrarse en el campo de batalla política si no se escuda nuestro pensamiento en un sólido principio doctrinal que impregne de auténtica convicción el quehacer de nuestras tareas. Salir diariamente a la calle con la incertidumbre, la duda y el temor de no comportarse como los demás esperan, y en caso de así hacerlo, que nuestro comportamiento sea el más adecuado, porque no siempre la voluntad de otros es la más válida de todas.

Para adoptar una nueva cultura política no se requiere fundar nuevas instituciones partidistas, ni mucho menos crear nuevas instituciones gubernamentales. Se requiere nada más de modificar nuestros actos para despojarlos de lo cortesano y de los solapador. Se requiere voluntad, de esa que no se encuentra en el depósito del voto, sino en el recato personal de una convicción muy firme de que fácilmente se subsiste, con o sin la magia del poder.