No le teman porque platica con Dios

08 de Diciembre del 2007

Nadie puede elevar un poquito la fe y esperanza de los enfermos y necesitados sin que, veloz y comedido, aparezca el jinete de la envidia y el ardor cabalgando sobre la endeble voluntad de los comunes mortales que con furiosas críticas destructivas descalifican los milagros y desprestigian a quien los hace.


 


Así le sucedió a Jesús con los fariseos, a quienes enfrentó por respetar más la letra muerta que el espíritu de la ley y de sustituir la voluntad divina por las costumbres terrenales. Los fariseos que rechazaron la doctrina  de los cristianos primitivos y que Jesús fuera el Mesías prometido en la Biblia.


 


Alguien de 12 años de edad ha provocado ahora, en pleno siglo XXI, la misma revolución del fariseísmo del período 587-536 AC. Los incrédulos de la oración y el milagro, han iniciado una afrenta terrible en contra de Alejandra Antonia Guzmán, de 12 años de edad y residente de la Colonia Santa Fe de ciudad Delicias, la “Niña Milagrosa” que con el poder de sus manos y su devoción a lo divino, cura o remedia los males de otros.


 


Y si fuéramos estrictos en el manejo histórico de la información, la variante es que ahora son fieles a la doctrina cristiana, devotos de Jesús y la Virgen de Guadalupe, los que encabezan la andanada de ataques en contra de la menor. Primero, porque su fama creó tumultos que fastidiaban la paz y tranquilidad de sus vecinos, segundo, porque la iglesia consideró irreverente que un ser humano, terrenal y pecador como todos nosotros, pudiera hacer milagros que sólo le son franquicia de Dios, sus Ángeles y Querubines.


 


La “Niña Milagrosa” ha despertado envidia de quienes no saben como hacer el bien o no están acostumbrados a recibirlo. Primero que nada, existe la certeza de que la infanta no cobra por sus servicios y sólo acepta pequeñas donaciones que le son útiles para adquirir los remedios que aplica a sus devotos. En segundo lugar,  jamás ha manifestado ser representante de personalidad divina alguna y sólo reconoce, con mayor convicción incluso que muchas personas católicas de domingo, su fe en el catolicismo, en su Padre, como llama a Dios.


 


Sin embargo su mayor error consistió en hablar de viajes con retorno ante la presencia de Dios, “quien le dice qué y cómo debe hacerlo”. Ahí fue donde el liderazgo religioso puso el grito en el cielo y como dicen por esas tierras, “le paró su carrito”. Y es que para acabarla de arruinar, se atrevió a describir al Santo Padre, no el de la Basílica, sino al de más alto, como un señor maduro, ni muy anciano ni muy joven, con barba larga y blanca, ojos azules, piel suave y nariz afilada. Hago pausa para aclarar que, al menos por lo que a mi respecta, me pasó  seriamente a perjudicar, porque según describe a nuestro Santo Padre, ¡sus genes nada tienen que ver con la finta de mi ascendencia, y yo pensaba que sí!


 


De nuevo en el tema y de lado la broma, lo grave del asunto estriba en que es asombroso el grado de intolerancia que algunos líderes católicos demuestran para quienes no se ajustan a los leyes del catolicismo y al igual que los fariseos, pretenden ajustar los actos de los seres humanos, más a la letra, la de los evangelios, que al espíritu de la devoción divina.


 


Y como si en riesgo estuviera la indefensa adoración a la Santa Trinidad, han advertido que lo más probable es que se trate de “pura charlatanería” y hacen un llamado a la reflexión para que la vean con escepticismo y rencor, casi un llamado oficial de los representantes del cielo a la lapidación y la hoguera, en su versión actual. Por el hecho de que utiliza una mezcla de alcohol y agua oxigenada para untar la frente y parte del cuerpo adolorida de sus creyentes, lo han interpretado como burdo remedo del Sacramento del Bautismo y de la Eucaristía, y por sanar los males que Dios entrega al hombre como penitencia por sus pecados, como burla de la Absolución de los Pecados. Por ello “usurpa funciones, la de los sacerdotes”.


 


Sin embargo, lo más curioso es que la devoción ciudadana se antepone al escepticismo de quienes menos escépticos deberían de ser. Ahí está, una jovencita de 12 años levantando polvareda en asuntos milagrosos, aliviando penas ajenas y remediando males añejos que ni con agua bendita se habían podido curar.


 


Por eso, y tan solo por ello, debemos dejar en paz a la “Niña Milagrosa” mientras no lucre y engañe con sus poderes, que de paso habremos de aclarar no son de su pertenencia, sino de de quienes a ella acuden. El poder de la fe, el renacimiento del poder del milagro que cura enfermedades y que tanta falta hace que ronde por los hospitales y por toda la ciudad. El mismo que cada Semana Santa lleva de rodillas a millones de fieles personas ante el altar de La Virgen de Guadalupe.


 


Dejemos que nuestra Constitución proteja fielmente a quienes fervorosos acuden a ella. Menos daño hace a quienes atiende que a quienes la ignoran o la critican, incluso si en ello incluyéramos excomunión. No le teman, pues, porque platica con Dios, que ya quisieran muchos, al menos su servidor, saber hacerlo de la misma manera.


 


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