Las ovejas democráticas

08 de Diciembre del 2007

 


El mismo estilo, la misma necedad, el mismo comportamiento grosero y la misma intolerancia. Vemos en televisión imágenes del presidente venezolano, Hugo Chávez, e inmediatamente, casi inconscientes, sustituimos su rostro por el de Andrés Manuel López Obrador. Uno confrontando al imperio norteamericano, el otro sin saber siquiera contra quien pelea, ambos en empatía doctrinal.


 


El de allá cerrando estaciones de televisión que no son serviles a su pensamiento, el de acá, obligando al cierre de nuestra Catedral Metropolitana. El de Venezuela ocupando el parlamento y las calles de la ciudad, el de México ocupando el Zócalo del DF. Ambos, extremos y radicales, intentando imponer disimuladamente un autoritarismo maquillado de democracia, pero sólo maquillado.


 


¿Qué sería de nuestro país, nuestras libertades, nuestros derechos consagrados en la constitución, bajo el régimen de un autoritario de izquierda que ensordece el diálogo con el ruido estridente de su discurso demagógico, de su arenga “revolucionaria”?


 


México estuvo en grave peligro, sí, no cabe duda. En grave peligro de que las falaces promesas del “rayito de esperanza” hubieran inducido a más personas al voto irracional, fanático y colectivo. En grave peligro de que las becas para ancianitos, maestros, vendedores ambulantes y paracaidistas territoriales se hubieran convertido en el pasaporte al autoritarismo represor, injusto y prepotente.


 


Es cierto que la democracia existe, pero sólo como instrumento para abrir la puerta de la participación ciudadana en el quehacer político. No fue creada para garantizar, por sí misma, que los liderazgos sean naturales, bien intencionados, propositivos y constructivos. Hitler asumió el poder de forma democrática y acabó con una raza y una nación. Hugo Chávez llegó al poder por la vía democrática, y está acabando con Venezuela.


 


La democracia no garantiza que las promesas de campaña se vayan a cumplir. Que el espíritu de servicio del líder en combate sea auténtico y positivo. Que el mandato del pueblo subsista al gobierno del Estado, de los militares y de caudillos ensoberbecidos, enloquecidos por el poder. De usurpadores que se toman protesta a sí mismo en un gobierno imaginario de una patria imaginaria, y se enaltece como legítimo.


 


En todos los rincones habrá quien le apueste buenas nuevas a esta clase de populistas y los defiendan a capa y espada. Utilizarán un cúmulo de archivos doctrinales, textos de la historia, reflexiones filosóficas, letras y lo más moderno y liberal de la teoría política. Recurrirán a los pensadores más diestros, famosos y socorridos del debate político, pero nunca al pueblo reprimido por ese autoritarismo, porque el mismo no se los permitirá jamás.


 


Así pudo suceder en México y poco nos alertamos. Corrimos el riesgo de estar, ahora, igual o peor que Venezuela, pero afortunadamente también corrimos con suerte, la suerte de nuestro glorioso “ya merito”. Sin embargo se sigue cocinando la posibilidad de que brote de nuevo el fanatismo por el populismo avasallador. Del Zócalo secuestrado por la ilusa esperanza de una “patria ya, para todos”, sin saber para todos cuáles.  También se cocina, en la sede del gobierno del Distrito Federal, en los estados donde gobierna el PRD y en donde nos dicen que la doctrina de la izquierda es la alternativa para no seguir siendo cachorros del imperio. Subsiste velado, casi oculto, el riesgo de llegar a vivir como padecen en Irán, en Bolivia, Nicaragua y hoy en Venezuela.


 


La democracia no inmuniza a nuestra nación contra esos dictadores disfrazados de ovejas democráticas, al contrario, les abre la puerta. Y nuestra constitución nada dice al respecto, sigue muda. No hay un decreto constitucional que obligue a la autoridad electa por el pueblo a cumplir sus compromisos de campaña, a apegarse a su plataforma política o acatar los principios de un gobierno democrático y plural. No restringe las decisiones autoritarias porque ni siquiera define lo que es autoritario. Es un cúmulo de reglas sin sentido ni propósito.


 


Por eso, muchos de los que llegan al poder pierden el piso y la objetividad. Se elevan de la simple mortandad hasta considerarse divinos, tocados por la mano de Dios. Se pagan viajes al extranjero y se hacen acompañar de sus distinguidas esposas. Se apersonan en cuanto debate público se organiza y atropellan con verborrea en alta voz la disputa de las razones. Por eso, así como aquí exigen silencio con su grosero “¡ya cállate chachalaca!”, en otros confines del globo les responden con arte diplomático y gracia real: “¿por qué no mejor te callas?”. Son lo mismo


 


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