Preferible pedir, que dedicarse a robar

06 de Noviembre del 2007

Las colectas que diversas organizaciones de servicio social realizan por medio del denominado “redondeo”  en centros comerciales, medianos y pequeños intermediarios de productos de abarrotes y tiendas de conveniencia, generan una enorme molestia e inconformidad en muchos consumidores por la gran cantidad de abusos que propician, sin que exista una entidad de gobierno reguladora y fiscalizadora. Quienes operan las cajas registradoras ya no se toman la molestia de preguntar al cliente si desea realizar su aportación y sin el mínimo recato ni aviso incrementan el cobro, en ocasiones con cifras que suman al final del día un monto muy, pero muy considerable.


 


No podemos negar que el método para dotar de recursos “extra” a las instituciones de beneficencia pública es ingenioso y funciona bien, si no se cometieran abusos. Por ejemplo; en la cadena comercial de tiendas de conveniencia denominada OXXO tuve la oportunidad de ser testigo y víctima de esos abusos que fastidian al consumidor (particularmente en la sucursal que se ubica en la esquina de Chichontepec e Izalco, en el Fraccionamiento Panorámico). Con el argumento de que la tienda no tiene moneda fraccionaria para devolver cambio, ofrecen al cliente producto misceláneo, chicles, dulces o chuchulucos, y si no lo acepta, sin preguntar, ajustan su cuenta a la cifra superior más cercana a ceros, diferencia que ordinariamente está destinada para instituciones de beneficencia pública (esas que de vez en cuando publican informes del total del monto recaudado en un año o temporada, pero que nunca ofrecen un balance de cuentas, inventarios o estados financieros). Además, quien se niegue a entregar más de lo que antes de llegar a caja decidió gastar y reclame su dinero, simple y sencillamente corre el riesgo de que arbitrariamente le cancelen la venta y no le entreguen el producto.


 


Igual se presentan los abusos al tratarse de empresas comerciales como Soriana, Smart y otras, ya que en cajas fuimos testigos (en este caso Soriana Saucito) que no se toman la molestia de preguntar al cliente si quiere aportar su cambio y redondean la cuenta en automático. Para colmo y desfalque, al extremo de la caja encontramos a un adulto mayor o un menor de edad empacando los artículos en bolsas que proporciona la misma tienda y, por supuesto, con la mano extendida para recibir su propina de un cambio monetario que ya nos fue previamente recortado con el redondeo disimulado.


 


Los “cerillos menores o mayores” se enfrentan en este caso al riesgo de quedarse sin propina por culpa de los cajeros que para ahorrarse trabajo y esfuerzo, con un clic ponen en cifras redondas nuestra cuenta. Para ellos, desde la misma perspectiva, es un juego inequitativo porque mientras realizan un trabajo para obtener recursos, por muy sencillo que sea, enfrentan a las organizaciones de beneficencia pública que sólo se remiten a escarbar en la conciencia colectiva apelando a la misericordia y la compasión pública.


 


Por otro lado, ¿se ha puesto usted a analizar cuánto gasta al mes por concepto de donaciones y propinas? Para un trabajador cuyos ingresos superan por muy poco el salario mínimo, el presupuesto por concepto de propinas puede resultar oneroso y poco redituable. Veamos la rutina diaria de cualquier trabajador y después de calcular sus propias cifras, multiplíquelas por 30 días.


 


Por la mañana acude a la gasolinera para surtir de combustible a su carro y más tardamos en decir la cantidad que deseamos comprar, cuando la persona que atiende ya está limpiando los cristales y rociando con aromatizador el interior del vehículo. Ahí empieza el sangrado a nuestro bolsillo por concepto de propinas. Cuadras más adelante, al adquirir el periódico del día el voceador nos indica que no tiene moneda fraccionaria y nos pide que le donemos el cambio. Un niño Tarahumara de escasos cinco años se acerca a nuestra ventanilla y extiende la mano para recibir un donativo o para vender algo por unas cuantas monedas. No trae cambio, por supuesto


 


Al llegar a nuestro trabajo un franelero profesional cuya labor sólo se limita a ondear un paño mientras murmura “¡viene, viene, viene, ya le pegó!”, le  pide una módica aportación de “lo que sea su voluntad y para evitar que algo le pase al carro mientras regresa”. Si no hay franelero cerca, es porque cerca están los inspectores municipales que tampoco perdonan y, como para esos momentos usted ya no trae monedas para depositar en el estacionómetro, no falta el vendedor ambulante que se acerca y le ofrece fracción monetaria a bajo costo, “para que cumpla con sus obligaciones o lo infraccionan”.


 


Propinas en el bar, en el restaurante, en el lavado de autos, en cada esquina donde tarahumaras o malandrines “prefieren pedir que dedicarse a robar”, en el banco para que le cedan el lugar y finalmente en la iglesia, donde en lugar de propina le llaman diezmo. Apoyo a estudiantes que colectan en los cruceros, a candidatos de partidos políticos en campaña electoral, a agentes de tránsito para que se hagan de la vista gorda y en el trabajo al de los burritos, al de los mandados, al de los baños, al de la copiadora y al del ascensor.


 


Finalmente, al cerrar el día y acudir por el medio galón de leche que faltó de comprar, como siempre, los cerillos nos esperan pacientes como últimas víctimas del día, en este mundo de la propina, la cooperacha y la donación. Claro, después de que el cajero aplicó el redondeo sin preguntar “que al cabo casi nadie dice que no”, y extienden la mano contentos, con una sonrisa de oreja a oreja.


 


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