Sin pagar ni un pinche peso

06 de Noviembre del 2007


¡La mesa que mayor desmadre haga esta noche, se va a largar al final sin pagar ni un pinche peso!, se escuchó estridente en las mega bocinas del nebuloso antro de diversiones y una turba de jóvenes eufóricos, al límite de la embriaguez total, brindó salud con un alarido que se prolongó por espacio de varios segundos.


Previo a nuestro acceso al lugar donde no fue necesario que acreditáramos mayoría de edad, supongo por nuestra apariencia de rucos extraviados en un antro de vicio joven, tuvimos que pasar por el tradicional “esculque” para garantizar que no portábamos armas de fuego y pagar los 40 pesos de “cover” obligado exclusivamente a los caballeros. Ya adentro, en el pasillo, un joven con aspecto de “nene-galán”, ofreció cortésmente a mi esposa una bebida gratuita con alcohol, “sólo para la dama y de lo que ella prefiera tomar”, como bienvenida.


Al primer sorbo la mueca en su rostro reveló el alto contenido de alcohol que le sirvieron y evidenció el propósito final de tan atento obsequio; más que agradecer nuestra distinguida presencia en el oscuro lugar, el objetivo era asegurar se iniciara el proceso de alcoholización del cliente e inducir una embriaguez progresiva y brutal. Decenas de jóvenes en el interior lo demostraban contorsionándose al ritmo de estridentes sonidos que por segundos parecían acordes musicales y por momentos efectos de corto circuito, explosiones y estallidos nucleares.


Al principio, dadas las atenciones que nos brindaron al llegar, pensamos que una ovación del respetable anunciaría nuestro ingreso al salón de baile, pero no, fue así. Una jovencita que no parecía mayor de 18 años nos indicó indiferente que la siguiéramos y nos ubicó al frente del escenario en una especie de “periquera” para bebé donde para un adulto, resultaba más fácil permanecer de pie que sentado. Para nosotros una mini mesa tan inestable que con sólo rozar se tambaleaba convenientemente. Apunto convenientemente porque, supe después, el truco consiste en provocar frecuentes caídas de las bebidas y así incrementar el consumo total del cliente que, por ese tipo de accidente, rara vez decide dejar de beber.


¡“Arriba Chihuahua, cabrones”! se escuchó en las bocinas y un estruendoso alarido le siguió en coro. ¡Saludamos a la raza que nos acompaña esta noche de… ¿de dónde vienen?... ah, sí, de Cuauhtémoc, Delicias, Juárez y de… la chingona Chihuahua! De nuevo el nacionalista alarido, los brincos de gusto y las decenas de botellas a medio consumir derramadas en el piso que los meseros gustosos y ansiosos de comisión acudían para reponer presurosos.


Segundos después, las sombras sobre el escenario se convirtieron en una especie de zombis con aspecto de humanos que, instrumentos musicales en mano, comenzaron a interpretar por igual simplonadas del viejo Timbiriche como complicados temas de hip pop, rap, jazz, heavy metal y rock en español; la quinta vecindad, Juanes y muchos más comenzaron a materializarse en estruendosos decibeles por todo el lugar. Con muy poca imaginación se podía fácilmente dibujar en la bruma intoxicante la figura de las notas musicales. Y entre melodía y melodía la insistente advertencia de “¡la mesa que mayor desmadre haga esta noche, se va a largar al final sin pagar ni un pinche peso!


Pedí, para entrar en ambiente, una cerveza con marca de indígena. Mi esposa, un refresco para diluir un poco la bebida inicial que de cortesía le entregaron al entrar y que no podía terminar debido a tanto alcohol. Dos cervezas y un refresco que costaron noventa pesos, más diez de propina obligada porque “lamentablemente a la cajera se le terminó el cambio”. Calculé que en cada mesa el consumo mínimo por persona después de una hora de estadía superaba los 300 pesos y tomando en cuenta el aforo y horario de servicio, el negocio fácilmente generaba a la empresa ingresos superiores a los 150 mil pesos por noche.


¡“Las chavas con pulsera verde son solteras y buscan ansiosas con quien”!, gritó eufórico el remedo de Ricky Martín que además de “cantar” mantenía animado el ambiente. Decenas de pequeños aros color verde fosforescente se alzaron simultáneamente en la bruma que era mezcla de tabaco, humo artificial y “no se qué” que olía a “yo no sé nada”. Si algún depravado sexual estuviera por ahí escondido, quedaría extasiado al ver que decenas de jovencitas “buscaban ansiosas con quien” mientras un dúo dinámico de juveniles bailarinas intentaba imitar la fijación oral de Shakira y se sacudían con estertores en un escenario al que sólo le faltaba un par de tubos para convertir su baile en un auténtico “table dance”. Sólo para gente con mente abierta y muy, pero muy actualizada, seguro justificarían.


Y las rolas de Creedence, ELO y The Beatles, las oldies y las “viejitas pero bonitas” nunca llegaron, por lo que decidimos abatidos retirarnos. No estuvimos hasta el final para atestiguar la fuga de los modernos timbiriches que a bordo de la troca de papá, del carro de mamá o la moto del carnal, saldrían desaforados a jugarse el pellejo por las calles y semáforos de Chihuahua. Nosotros no fuimos, en esta ocasión, los que se largaron al final sin pagar ni un pinche peso, pero quizá al día siguiente, en la nota roja de los periódicos, podremos leer quien lo logró.


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